Yo no soy supersticioso, pero…
Dice el adagio (quiere decir que es un dicho que se dice despacio) que, en martes, ni te cases ni te embarques. Y en martes y trece, ya ni te cuento.
Sin embargo, esto es como el vudú y todas las religiones menos la mía: sólo surte efecto con los supersticiosos. Pero uno, que además de azote de los mercaderes de los templos, ha hecho un cursillo CCC de marketing asistido, sabe que la Ley de la Oferta y la Demanda también puede estar al servicio de la Ley de Dios.
(Intermedio. No se pierdan esta sede: Christvertising. Fin de la publicidad.)
Como decía, los supersticiosos están ahí. Como las meigas y los meigos, haberlos (a verlos) haylos. No se pueden ignorar. Y no se les puede dar la espalda, lo mismo que a los homosexuales (a éstos con más razón todavía). También son hijos de Dios, con todo lo que ello conlleva. Y si ellos se quieren casar en martes, ¿no van a poder hacerlo?
Pues claro que pueden, faltaría más. Y me diréis: ¿para qué va a querer alguien casarse en martes, sobre todo si es supersticioso? Precisamente, porque es supersticioso. La gente que conoce sus limitaciones hace lo posible por superarlas. Eso dicen los psicoanalistas: según ellos, basta con conocer la causa de un trauma para superarlo.
En fin. Que si se quieren casar, pues que se casen. Yo no sólo no seré quien se lo impida, sino que encima me comprometo a casarlos. Y si les sucede algo, les devuelvo el dinero. Eso sí, que luego no se me vayan de crucero, por el amor de Dios.
In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.

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