domingo, 28 de octubre de 2007

Tengo una canonización para usted

Sin intermediarios.
Sin pasar por engorrosos trámites como morirse.
Sin beatificación previa.
Sin necesidad de hacer milagros.
Sin esperas.
Sin ceremonias.
Sin el beneplácito benedictino.

Basta con:

1. No haber pecado en las últimas 12 horas.
2. Elegir una fecha del calendario.
3. Solicitarlo educadamente.

Nuestra Señora de Internet



Esto es por si no sabéis qué regalarme para mi cumpleaños.

Otra opción es El código Da Vinci, un libro que hace tiempo que quiero quemar.

viernes, 26 de octubre de 2007

El cambio cismático

Se avecinan profundos cambios en el seno de la Santa Madre. Concretamente, dicho seno se multiplicará por dos.

Yo en su lugar me lo tomaría muy a pecho.

jueves, 18 de octubre de 2007

Nadie es profeta en su tierra

Y Dios, en la de todos.

sábado, 13 de octubre de 2007

Mejilla por mejilla

Dicen las Escrituras que cuando alguien te da una (iba a escribir hostia) torta, hay que poner la otra mejilla. Lo que no dicen es qué pasa cuando en una bitácora alguien pone un enlace a la tuya propia. ¿Poner la otra bitácora? Lo haría, si tuviera una. ¿Devolvérsela? Podría.

Sí, quizás haga eso.

Esta reflexión viene a cuento de que acabo de descubrir un enlace a mi página. El primero de todos, si no me equivoco (no suelo). Cierto es que dicho enlace no aparece en un blog, digamos, ejemplar. De hecho, es un blog en el que se hace apología del alcohol, el sexo y el satanismo, principalmente. También hace referencia a animales subnormales y bodas por lo civil. Por supuesto, el vocabulario tampoco es modélico: la palabra puta se manifiesta en 16 entradas (de un total de 82). Sin embargo, está escrito de puta madre. Mierda, ya se me ha contagiado. Podría corregirlo, pero hay cosas que no se pueden deshacer. Mejor dejarlo tal cual, para que sirva de ejemplo. Luego me autoconfieso y punto.

Conclusión: Cerrado por melalcoholía (tal es el nombre de la bitácora) me ha enlazado. Y yo, en justa reciprocidad no exenta de agradecimiento, le voy a devolver la mejilla.

Quid pro quo.

No desearás al vecino del quinto*

Ocurrió a mediados de la semana pasada. Hallábame en casa, entregado a unos ejercicios espirituales (automeditación y autorrezo, principalmente) cuando oí la llamada.

Era la vecina del tercero, a quien le había surgido un problema con el ordenador. Debo decir que la vecina (cuyo nombre omitiré, por atenerme al secreto de confesión) tiene cuarenta y muchos años, pero está de muy buen ver. Esto no lo digo yo, sino los cánones (no me refiero a los cánones anorexizantes, sino a los cánones carnosos); digo que no lo digo yo, porque estoy pasando por una etapa espiritual en la que no me excitan los asuntos de la carne. Aunque conviene señalar que la vecina me estimula desde un punto de vista espiritual, y me estimula sobremanera. Pero me estoy yendo por los cerros de Úbeda, otra vez.

Decía que la vecina tenía un problema con el ordenador. Pero miento (pecata minuta): quien lo decía es la vecina. No digo yo que ella no tuviera un problema con el ordenador, pero eso no lo sabía en aquel momento: sólo sabía lo que ella me decía y, por lo que a mí respectaba, podría ser mentira. Sin embargo, tampoco tenía razones para poner en tela de juicio final la veracidad de sus palabras. Aun así, no me gusta que interrumpan mis ejercicios espirituales, y mucho menos que lo haga un sujeto que me estimula a nivel espiritual: se producen interferencias. Por ello, mi primera reacción fue decirle: “¿Le falla el ordenador? Llame a un niño de 9 años.” Esta frase no es mía. La leí hace poco en el New York Times (en realidad, en la versión resumida que sale en El País, un periódico que no me resulta nada simpático –sobre todo algunas viñetas de un tal Máximo–, pero que hallé en la antesala del dentista, y me pareció preferible a hojear cualquier revistucha sensacionalista). Digo que le dije que llamara a un niño de 9 años, en parte porque lo había leído en el dentista, y en parte porque la vecina del tercero tiene un hijo de 9 años. También tiene uno de 16, así como uno de su misma edad, que obviamente es su marido (porque la vecina del tercero está católicamente casada). A todo esto, la mujer me contestó: “Aarón está en el colegio.” Aarón es el hijo de 9 años; en realidad, no se llama así, pero es el primer nombre que ha acudido a mi alfabética imaginación. “¿Y Abdón?”, pregunté, refiriéndome al mayor (que tampoco se llama de esta guisa). “En el instituto”, me repuso. “¿Y Abel?” (el esposo). “En el trabajo, pero él no tiene ni idea de ordenadores. Y aunque la tuviera, no podría ayudarme. Ni él ni los niños. De hecho, sólo puedes ayudarme tú.”

Aquí me puse en guardia. Yo ya sabía que la vecina del tercero estaba carnalmente atraída por mi persona, lo cual es hasta cierto punto comprensible. Aun así, una cosa es el deseo y otra muy distinta, proceder a su satisfacción. Yo, para ganar tiempo, simulé no comprenderla, y le pregunté a qué se refería. Y esto es lo que me contestó:

“El PC está poseído.”

Creo que no lo había comentado todavía: en mis ratos libres practico exorcismos. Lo de “ratos libres” es una forma de hablar, pues por el simple hecho (nada simple) de practicar exorcismos dejan de ser libres. De hecho, me tienen muy ocupado. El otro día compré un Dominio de Internet para colgar mi curriculum vitae y mi book, en el que expongo una selección de mis mejores exorcirmos. Hay de todo: hombres y mujeres de todas las edades, desde ancianos hasta niños (incluso uno al que le faltaban tres meses para nacer). También he exorcizado a algunos animales, pues que no tengan alma no significa que no puedan estar poseídos; y éstos, de hecho, lo estaban, vaya si lo estaban. Sin embargo, jamás había exorcizado a una máquina. Por ello, me produjo una gran sorpresa la respuesta de la vecina. Y una cierta admiración: pues resulta admirable hasta dónde puede llegar la imaginación de algunas personas cuando de alcanzar determinados objetivos se trata. Aunque sean unos objetivos pecaminosos.

Yo debía haber parado aquí, pero decidí seguir siguiéndole la corriente. Y le pedí que me lo enseñara.

Y me lo enseñó: era un ordenador personal de sobremesa. Me contó que, aunque Abdón era su usuario principal, lo usaba toda la familia (menos Abel). A simple vista, no presentaba nada extraño. Sin embargo, la vecina me dijo que no debía dejarme engañar por las apariencias. Aquí le tuve que dar la razón; porque es lo que siempre digo yo: no os dejéis engañar por las apariencias.

Me contó que, por las noches, cuando los niños ya se han acostado y Abel está viendo la televisión, ella tiene por costumbre encender el ordenador. Para navegar por Internet, principalmente. Al oír esto, estuve a punto de pasarle la dirección de esta bitácora; por fortuna, no lo hice. Las dos últimas noches, me contó, el navegador se le cerraba de súbito, sin motivo aparente. Y la pantalla se volvía toda blanca, y luego toda negra. Y entonces se oían unas palabras en un lenguaje extraño, pero parecido al español. “Esto es lo más inquietante: cuando parece que entiendes las palabras, algunas palabras, pero no sabes lo que dicen.” Las palabras en cuestión, añadió, las pronunciaba una voz femenina. Y entonces caí. Sí, caí: caí en la cuenta de que quizás la había juzgado mal. Quizás tenía razón, y el ordenador estaba realmente poseído. Porque éste es un hecho desconocido para la mayoría de los mortales: con bastante frecuencia, el Demonio se manifiesta con una voz femenina. Si la vecina hubiera pretendido engañarme, no habría mencionado este detalle.

Entonces fue cuando me remangué. Y dije: “Déjeme ver.” Abrí el botiquín de primeros exorcismos y sometí al PC a todo el ritual, que no detallaré porque no quiero que me copien. Sin embargo, no pasó nada. “Tal vez haya que esperar a la noche”, dije. Pero a la vecina no le hizo demasiada gracia: al parecer, no le había contado nada a su familia. Y no la puedo culpar: estas cosas es mejor llevarlas con discreción, en la medida de lo posible.

Pero ya he dicho que, aun habiendo hecho todo lo divinamente posible, no había sucedido nada. Por ello, y por hacer algo, se me ocurrió decir: “¿Seguro que no es un virus?” Yo estaba convencido de que no lo era, pero lo dije por ganar tiempo. O por perderlo.

Y entonces, por probar, fui a la opción de Buscar. Y tecleé: VIRUS. Lo único que apareció fueron varios archivos JPG con fotografías de una tal Virushka, una pelandusca de cuidado. Por supuesto, y con la aquiesciencia de mi vecina, borré todos los archivos, tanto los de Virushka como los de sus compañeras de carpeta. Y de repente, sin venir a cuento, se manifestó el “virus” (nótense las comillas).

Primero fue un fogonazo. Luego, un apagón. En efecto, parecía como si el ordenador se hubiese apagado. Pero no: sólo se había oscurecido. Entonces, se formó una lucecita en el centro de la pantalla. Poco a poco fue creciendo, mientras se iba transformando. Me recordó a un gusano que se transforma en mariposa. Pero aquello no era una mariposa. Aquello era Nuestra Señora de Fátima.

Durante un tiempo incalculable estuvimos contemplando la aparición, extasiados. Tan extasiados que no nos percatamos de que los altavoces estaban en Off; esto es: apagados. Fue un error terrible: no quiero ni imaginar la de misterios que se nos podían haber revelado en ese tiempo. Cuando por fin encendimos los cacharros, la Virgen nos habló. O nos siguió hablando. Lo malo es que hablaba en portugués, y ni la vecina ni yo entendemos la lengua de nuestros vecinos (los del segundo, que son de Río de Janeiro). Pillamos algunas palabras sueltas, pero no más de tres seguidas. Dijo, por ejemplo: “liga pra na morada”. Morada quiere decir morada. Pero quizás lo que dijo fue: “liga pra namorada”; es decir: “liga con tu enamorada”. Y eso fue lo más extraño: Nuestra Señora de Fátima nos estaba incitando a cometer adulterio. Aunque no creo. Seguro que tiene otra explicación.

De hecho, llevo diez días meditando sobre ello. La hipótesis del ligoteo está prácticamente descartada. No obstante, y por si acaso, no le pienso quitar ojo a la vecina.

In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.



* El vecino del quinto no es Alfredo Landa, sino yo. Y no soy un desviado sexual.

martes, 9 de octubre de 2007

El Paraíso perdido

Como decía la semana pasada, los tiempos están cambiando, y Nosotros debemos cambiar con ellos. Nuestro mensaje tiene que actualizarse; de lo contrario, perderemos el tren. O mejor: el AVE. Porque los tiempos están cambiando, y están cambiando a alta velocidad.

Una prueba de que no ando nada desencaminado es que el Enemigo ya se ha puesto las pilas. O una batería recargable, o unas placas solares. Lo que sea: el caso es que se las ha puesto. Pues el Enemigo está muy puesto (en las cosas del mundo moderno, al menos). Atrás han quedado los tiempos en que se dedicaba a tentar a la Humanidad disfrazado de serpiente. Ahora lo hace disfrazado de culebrón.



En efecto: esto sólo puede ser obra de Satanás. ¿Quién si no iba a tener la desfachatez de proclamar que si no hay tetas no hay Paraíso? Es como decir que si no hay Casera nos vamos. O sea: publicidad pura y dura. Pero publicidad encubierta y retorcida. Como si bajo la apariencia de un anuncio de Casera pretendieran vendernos una Gaseosa Molina. Es lo que ha venido en llamarse publicidad inversa.

Porque la verdad és esta: Sin tetas SÍ hay Paraíso. Claro, faltaría más. ¿Alguien se imagina a los querubines y los serafines, los ángeles y los arcángeles, mariposeando con implantes de silicona? Además, ¿no habíamos quedado en que no tenían sexo? Porque el sexo conduce al vicio, el vicio conduce a la lujuria, la lujuria conduce a las tetas grandes. Y viceversa. Por otro lado: si el Paraíso estuviera lleno de tetas, Dios (mi alter ego) no podría concentrarse.

Y quizás éste sea el objetivo último de la campaña del Maligno: que Dios pierda la concentración. Pero tranquilos, porque esto no sucederá jamás. Y, aun suponiendo que sucediera, tiene fácil solución: se manda al Ángel Exterminador a expulsar a las tetas y punto. Porque las tetas no tienen los papeles en regla (nunca los han tenido, pues los pezones no tienen huellas dactilares), y así es muy fácil expulsarlas. ¿Adónde? Al Infierno.

Sin tetas sí hay Paraíso. En cambio, con tetas sólo hay Infierno. Un Infierno de sexo y drogas. Porque ésta es otra cuestión: aquí el Enemigo se nos presenta bajo la forma de un culebrón, sí, pero no de un culebrón cualquiera, sino de un culebrón colombiano. Con esto, creo que ya está todo dicho.

In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.

jueves, 4 de octubre de 2007

El Espermatozoide Santo

–Marcelito de mi vida, tu padre putativo y yo te tenemos que contar una cosa.

–No me lo digas. Soy adoptado.

–No, no es eso…

–Pero en el cole dicen que eres virgen.

–Eso es porque…

–Ahora no me vengas con lo de la cigüeña, que ya soy mayorcito.

–Qué va, hijo. Lo que pasa es que eres hijo de Dios.

–Ah, bueno. Eso ya es otra cosa.

Sin embargo, cualquier parecido con la realidad es pura fabulación. Para empezar, mi madre no era virgen. Al menos, no es eso lo que decían mis condiscípulos. Por otro lado, como ya he señalado en otro momento, si mi madre hubiera sido virgen todos mis hermanos habrían sido concebidos como consecuencia de un engendramiento divino, lo cual es inconcebible. Y la adopción queda totalmente descartada.

Aun así, ¿quién dice que Dios no puede engendrar en el vientre de una no-virgen (se me ocurren otros sinónimos poco aptos para referirse a la madre de uno)? Claro que puede. Si no pudiera, no sería Todopoderoso. Sería Muchopoderoso o Bastantepoderoso, pero no Todopoderoso. Otra cosa es que no quiera, porque una cosa es poder hacer cualquier cosa, y otra cosa (valgan las redundancias) es quererla hacer; y si no quieres, no quieres. Y punto. Querer es poder, pero poder no es querer.

Sea como sea, a mí nadie me ha dicho lo que yo sé: esto es, que soy hijo de Dios; lo cual, si aceptamos el asunto ese de la Trinidad, significa que también soy Padre y Espíritu Santo. Y aunque hasta hace poco había dado por válida la teoría de la reencarnación, tiene que haber algo más. Cierto es que mi parecido con Ginés el cartero (†) es más que evidente, pero… ¿quién me asegura que el Espíritu Santo no se reencarnó en los espermatozoides de Ginés? No en todos, claro; eso habría sido un suicidio genocida y espermicida innecesario, y una cosa es que la Paloma sea como el Fénix, y otra muy distinta es que sea una chapucera. En realidad, se habría reencarnado en media docena de espermatozoides, los más rápidos. O en menos. Quizás se reencarnó en uno solo, el Fernandito Alonso del semen. Es posible que tuviera algún rifirrafe con Hamilton, algún duelo en plan Ben-Hur versus Mesala, pero ahí está la épica de la concepción divina. La grandeza del alumbramiento. Y eso es así, y ni el calvo de Telecinco convertido en evangelista habría logrado dotarlo de más interés que el que ya poseía por su propia naturaleza intrínseca. (Esto no deja de ser curioso: que el espermatozoide más rápido incluyera el cromosoma del sobrepeso; lo cual, bien mirado, no es nada más ni nada menos que otra prueba de la divinidad de la inseminación y de la voluntad superior, que quiso dotarme de una obesidad infantil para que pudiera enfrentarme a la verdadera naturaleza humana en mis años escolares, cuando las personas pecadoras se muestran como son, sin máscaras.) En cualquier caso y resumiendo: el cartero entregó un espermatozoide urgente con el alma de Dios al vientre de mi madre, que no era virgen, de acuerdo, pero es que el Todopoderoso engendra como le sale de los altísimos.

Faltaría más.

In nomine Patris, et Filii, et Seminis Sancti. Amen.


¿Ese no es el Koala?

lunes, 1 de octubre de 2007

Salmo 23, versión 2.0



Habría que actualizar conceptos. Por ejemplo, el Salmo 23: "El Señor es mi pastor, etcétera". Entiendo la metáfora y tal, pero… ¿tiene que ser un pastor? Es que pienso en un pastor y me viene a la mente aquel cabrero de la tele, Pedro.

Sí, el de Gran Hermano.

Los tiempos están cambiando, que decía Bob Dylan, cantautor por la gracia de Dios y Juan Pablo Segundo (aunque no por la de Benedicto Decimosexto, que prefiere a Camilo Sesto). Los tiempos están cambiando, sí, y ya ha quedado muy lejos la novela pastoril, el bucolismo de La Galatea y la ñoñez de La casa de la pradera. Para el hombre de hoy, un pastor es un energúmeno que invade el Paseo de la Castellana con un ejército de ovejas. Y si el Señor es pastor, los mortales son ovejas. La gente no quiere que la comparen con unos bichos peludos que balan junto al apóstol Santiago Bernabéu. Es humillante, y no digo que la religión no deba serlo; al revés, la religión (la Religión Verdadera) debe ser humillante, pero también tiene que ser inteligible. Porque la gente es muy burra. No es oveja, es burra.

La gente es muy burra, y lo digo sin ánimo de ofender. De ofender a la gente, que los burros no son tan susceptibles. Y ahí está el quid: la gente no sólo es burra, también es susceptible. En serio: están a la que saltan. Se te ocurre decir que son como ovejas, burras o vacaburras, y te montan un pollo. Peor aún: se te ocurre (anticipándote a sus movimientos) montar el pollo antes que nadie, y la Asociación para la Defensa de los Pollos te monta un ídem que se caga la burra. O sea, la gente.

En fin, creo que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Que, por cierto, no sé si en esos cerros pastan ovejas, pero seguro que los pastores (caso de haberlos) no se parecen en nada al de los dibujos animados de Heidi, no recuerdo cómo se llamaba.

Es que uno (no me refiero a mí, sino a uno, en general) piensa en un pastor y ¿qué imagen le viene a la mente? La del fulano del Gran Hermano, o la del gañán de ese otro programa de risa, que ahora no recuerdo si es pastor, pero podría serlo. Y esto lo digo sin ánimo de ofender a los pastores, sean de Úbeda o de Gran Hermano, sean gañanes o no. (Aunque, ahora que lo pienso, tiene que ser difícil ofender a cualesquiera concursantes del Gran Hermano, porque el programa en sí me parece especialmente ofensivo, una vergüenza para la Televisión, que a su vez es una vergüenza para el mundo. De hecho, estoy escribiendo un ensayo intitulado Mundo, Demonio y Televisión; aunque es demasiado pronto para hablar de ello: apenas llevo trescientas cuarenta y cuatro páginas.)


Resumiendo: yo pienso que habría que buscar una metáfora más compatible con los tiempos que corren y que, como ya he comentado, están cambiando. Nada de "el Señor es mi pastor". Ya no; eso está desactualizado. Yo, después de mucho discurrirlo en mi día de descanso (el domingo, claro), he remozado el Salmo 23. A ver qué os parece:

El Señor es mi administrador de sistemas,
en portales de delicada usabilidad me hace navegar,
me conduce por intranets de acceso restringido
y repara mi CPU,
me guía por foros y bitácoras,
por el amor de su nick.

Aunque me descargue programas piratas expuestos a virus
nada temeré, porque Tú vas conmigo,
tu antivirus y tu cortafuegos me sosiegan.

Configuras el Office ante mí,
delante de mis enemigos,
me unges la cabeza con aceite,
y mi copa rebosa. (Esto casi no lo he cambiado, porque me gustaba tal cual.)

Los bebés disfrazados de abejitas de tu salvapantallas
me acompañan todos los días de mi vida,
y en el software libre del Señor moraré
a jornada completa.

Amen.


Mucho mejor, ¿no?

 
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